CARACAS, TIEMPO-ESPACIO DE UNA CIUDAD SUMERGIDA. EL ORDEN DESPÓTICO DE LAS GASOLINERAS

CARACAS, TIEMPO-ESPACIO DE UNA CIUDAD SUMERGIDA. EL ORDEN DESPÓTICO DE LAS GASOLINERAS

Para Valentina.

La derrota así como el auge de los proyectos políticos tienen impacto en el espacio de las ciudades. Las transformaciones históricas, los discursos, los cuerpos, los movimientos se imbrican con las estructuras espaciales y temporales, para conquistar un perfil que pueda expresar entonces una época. Cuando despuntaba el siglo XXI cronológico así le ocurría al proceso bolivariano. Pronto los espacios de Caracas no iban a ser únicamente el asiento inconmovible de la expansión de un proyecto que interpelaba a las mayorías, sino que esos espacios iban a componerse, (más claramente, iban a ser socialmente producidos), como los escenarios constitutivos para la actuación de un sujeto popular altamente politizado. Aquel carácter cosmopolita que había tomado Caracas con fuerza a partir de las sucesivas expansiones de la economía petrolera durante el siglo XX, pero sobre todo a mitad de la década de los setenta, iba a vincularse no sin tensiones ahora con el surgimiento de un potente movimiento de liberación nacional.  

Un movimiento básicamente populista capaz de contener imaginarios, tradiciones, tendencias que incluso podían ser inherentemente contradictorios entre sí, fuerzas que permanentemente disputaban su prevalencia interna para conducir el proceso en momentos determinados. Precisamente, a partir de ese carácter heterogéneo el chavismo finalmente podía encarnar mejor y de forma más compleja, las demandas de una sociedad radicalmente plural. Pero sin duda me atrevería a decir que ya existía de algún modo sin el nombre del caudillo, en las diversas formas de resistencia a las políticas de ajuste estructural durante las últimas décadas del siglo XX.

Es probable que en términos históricos su irrupción violenta, callejera y democrática haya ocurrido durante la insurrección popular del 27 de febrero de 1989, y sus días subsiguientes. Ese acontecimiento está inscrito en la memoria social, pero básicamente objetivado en un espacio determinado, se trata de las avenidas, las calles, los barrios y los cerros caraqueños por donde se extendían las muchedumbres desgajadas. Los mismos espacios que las horas posteriores a la plenitud festiva de las protestas y los saqueos, iban a ocupar las fuerzas represivas militares, en la tarea de sofocar la insurrección y restaurar un orden desfallecido. Una insurrección que planteaba de manera determinante, el fin del pacto social que sostenía al régimen de partidos moderno. Nuestras luchas sociales durante la mayor parte del siglo XX, tuvo a la ciudad como espacio natural del enfrentamiento. Con esto no se afirma que el mundo campesino no tuviera formas de expresión, ciertamente las tuvo, pero subordinadas siempre a otros imperativos. Seguramente la expansión de la economía petrolera explique esta especificidad.         

La modernidad capitalista tuvo en la ciudad el espacio para las transformaciones que debían ser inevitables. Entonces los movimientos sociales, los trabajadores asalariados, y las propias políticas ideológicas,. Las ciencias sociales se articularon en el siglo XIX como las estrategias epistemológicas más convenientes para reorientar las transformaciones previstas hacia condiciones más políticamente potables para las élites. Ciertamente, tal relato implicaba la instauración de fuertes exclusiones a lo interno de un discurso que fundaba su legitimidad histórica y su carácter pretendidamente universal, en el paradigma del progreso. Sin embargo, los imaginarios del mundo campesino, por ejemplo, o las reivindicaciones de las mujeres arrojadas al espacio privado doméstico, persistían “contaminando” el espacio de la ciudad. Las luchas de los movimientos sobre todo en los territorios de las periferias capitalistas, incorporaban no sin incesantes tensiones internas, demandas específicas del campesinado. El caso del movimiento chavista es sintomático. Desde un principio articuló algunas expresiones si bien difusas de los campos venezolanos, descartados como posibilidad de desarrollo sobre todo después de que el país se transformara radicalmente en una sociedad básicamente petrolera. No es difícil detectar la percepción según la cual una parte de las ideas-fuerza que constituían la tradición popular de comienzos del presente siglo, se nutrían de discursos que reclamaban cierto retorno nostálgico a una versión cultural romantizada del mundo rural.         

La clausura de la experiencia en el poder de un movimiento popular que conmovió a la región latinoamericana, implica que la disputa de imaginarios, tendencias y tradiciones sociales aludidos arriba llegaba a su fin. Esto supone que aquella “guerra de posiciones” interna se iba a “resolver”, (en el imperativo de conservar el poder), privilegiando las expresiones más retrogradas, militaristas, jerárquicas, corporativas y sacralizantes de un proyecto que de esta forma se vaciaba de sentido popular, se despolitizaba. Lo suplantaba una lógica corporativa que privilegiaba la lealtad a la disputas de la diferencias. El resultado social de esta correlación social de fuerzas se expresaba en las manifestaciones en Caracas, por ejemplo, compuestas fundamentalmente de funcionarios que provenían mayormente de las capas medias. El conglomerado ahora patentemente blanqueado “salía” en su mayoría de las diferentes instancias de las instituciones públicas e incluso privadas. Lo develaban los discursos que acompañaban a las movilizaciones disciplinadas y disciplinantes, cuando llamaban a los sectores que conformaban la movilización desde su instancia específica laboral: recursos humanos, dirección ejecutiva, dirección de asuntos jurídicos, dirección administrativa, relaciones internacionales, etc. Las arengas no se dirigían ya a la movilización de los sectores populares de las regiones del país, o de la ciudad: La Vega, Catia, San Juan, Sarria, 23 de Enero, San Agustín, El Valle, etc.   

La caída de una gestión gubernamental, la expansión de una profunda crisis económica y social sin precedentes, la incesante polarización ciega a lo interno de una misma clase burocrático-militar-empresarial, (unos sectores emergentes que se disputan unas formas mermadas de acumulación delictiva, subordinados a las potencias mundiales). Y las agresiones imperialistas directamente dirigidas a afectar a la población civil exhausta y políticamente desorientada, (que se pueden leer como una reprimenda imperial hacia cualquier proyecto que pretenda desafiar el orden global), suponen un peligro para la misma viabilidad de la sociedad. La compleja coyuntura terminal se puede mostrar en el espacio de las gasolineras de las ciudades venezolanas, vistas como un microcosmos que reproduce a escala local, una situación nacional límite.

La ausencia de gasolina en el contexto de una vida social no regulada por principios legales ha propiciado la generación de un caos en el que los actores que disponen de la posibilidad de utilizar la fuerza sobre otros, (básicamente la Guardia Nacional y otros colectivos), imponen las reglas para la venta de un producto elemental para la consecución de la vida. Estas “reglas” que provienen de los intereses específicos generados en el aquí y el ahora del más fuerte, en la medida en que son expresión de un contexto general polarizado y despolitizado, no están sujetas a ninguna continuación apreciable en el tiempo, sino que permanentemente se reactualizan, se ajustan, en la medida en que los actores dominantes cambien la orientación de sus intereses hacia otra estrategia susceptible de resultarles más gananciosa.

Acá los intereses generales de una sociedad no cuentan en el juego. Más claramente, la sociedad es una instancia enemiga a la que hay que combatir en todas sus expresiones. Entre otras razones, por eso es que la llamada ciudadanía es tratada como lo que realmente es en este microcosmos signado por la anomia social, una criatura irrelevante, pero que en condiciones específicas podría cambiar las condiciones estructurales del juego, (en términos más globales), y en consecuencia en el microcosmos de la gasolinera. Por ahora las gentes abrumadas por las desventajas inconmensurables que le suponen la implantación de este orden factico, (profundizada por la certeza del desamparo institucional en momentos de la expansión de un virus global que mata sin mayores distinciones), incapaces por ahora de actuar con más distanciamiento, en la medida en que se están jugando su propia vida y la de los suyos, literalmente se pelean entre ellos mismos. Mientras una expectante mayoría afuera de la gasolinera simplemente observa y comenta.

La imposición de este orden despótico local (que se nutre del orden despótico global), se desarrolla en toda su extensión porque tales actores dominantes saben que en cualquier momento se van a ver desplazados por otros que ya no tendrían el control absoluto del negocio, sino que sus privilegios igualmente amplios, serian consecuencia de una previa distribución del poder más extensa y dilatada. Como consecuencia de que otros actores de la cadena burocrática-militar-empresarial han tomado nota de las posibilidades abiertas por el negocio. La destreza inescrupulosa de los acumuladores esta puesto en la certeza de que estas posibilidades de acumulación delictiva se abren y se cierran de manera abrupta, de acuerdo a las lógicas marcadas por el orden del caos.   

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Leonardo Bracamonte

Historiador, profesor de la Universidad Central de Venezuela. Investigador Asociado del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos.

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