CHINA Y EE.UU: LA BATALLA POR LA HEGEMONÍA

CHINA Y EE.UU: LA BATALLA POR LA HEGEMONÍA

Cuando apenas empezamos a experimentar algunas de las consecuencias de la Crisis Financiera del año 2008, llega un nuevo “terremoto” que amenaza con quebrantar aún más la estabilidad política y económica mundial.

China: el nuevo hegemón

Desde hace al menos tres décadas, el crecimiento exponencial de China en cuanto a su PIB, con una media de 10% anual, le ha permitido acrecentar su papel de protagonista en el escenario internacional al punto de competir indiscutiblemente con Estados Unidos por el rol de la superpotencia global dominante.

Una relación que con muchos roces había avanzado desde el año 2008, pasando por el 2014 -año en que por primera vez la economía china superó en términos de PIB el tamaño de la norteamericana- hasta alcanzar el que, por ahora, había sido su punto más álgido con el inicio de la Guerra Comercial entre los dos países.

Ahora, el 2020 será sin lugar a dudas una nueva etapa del conflicto y es que pareciera que estamos presenciando en tiempo real el desplazamiento de los EE.UU por parte del gigante asiático, y aunque obviamente aún es temprano y hasta cierto punto atrevido pronosticar resultados definitivos, el manejo de la actual crisis mundial provocada por el Covid-19 da claras pistas sobre la capacidad de ambos países para dar respuestas prácticas, tanto a lo interno como a lo externo, de los llamados “problemas sin pasaporte” como los denominó el ex Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan.

Así, siendo el país en donde se originó el virus, con una población de más de 1.300 millones de personas, China reporta oficialmente cerca de 90.000 casos totales, menos de 5.000 muertes y apenas 600 casos activos. Ciudades previamente bloqueadas y en cuarentena ya se encuentran abiertas, incluida Wuhan. Además de tener un aparato productivo que de a poco se reactiva, aunque también severamente golpeado por la contracción en la demanda global. En todo caso, China parece haber controlado el problema y ahora se ofrece al resto del mundo como colaborador para solventar la crisis.

Mientras tanto, Estados Unidos con una población de 330 millones de personas se convirtió rápidamente en el epicentro de la pandemia con más de 1.000.000 de casos totales, de los cuales casi 900.000 siguen activos, reportando -hasta ahora- 60.000 fallecidos. De esta forma, la crisis puso en evidencia no solo las terribles deficiencias de la red sanitaria estadounidense, sino también la precariedad de su mercado laboral, pues en cuestión de apenas seis semanas al menos 30 millones de personas se han registrado como desempleados ante la ineficacia de un sistema político que pareciera no poder superar diferencias partidistas para enfrentar la crisis. Esto sin profundizar en el claro desdén y desatención por la ciencia y los hechos que parece rondar al país, auspiciado desde la propia Casa Blanca.

La lucha comunicacional

Si bien la batalla política depende en parte de la respuesta de salud pública y del manejo que se tenga sobre la expansión del virus, ahora recae más que todo sobre el control comunicacional de la narrativa.

En este aspecto, China está haciendo claros esfuerzos por mostrarse fuerte y en control de la situación. El propio Presidente Xi Jinping visitó Wuhan el pasado 10 de marzo como señal de que las estrictas medidas de aislamiento social habrían dado resultados positivos, marcando el inicio de una nueva etapa.

De igual forma, desde ese momento China ha impulsado lo que en occidente se denominó peyorativamente la “diplomacia de las mascarillas” que no es más que algunos programas de colaboración y donación de equipos médicos y recursos humanos especialmente para Europa y América Latina.

Al respecto, las preocupaciones más importantes de Beijín son dos: la primera, es la posición de China en las cadenas comerciales de valor y de suministros; mientras que la segunda, es la percepción que tenga el resto del mundo sobre China en estos momentos de crisis.

Así, el abrupto descenso en la compra de materias primas y producción manufacturera que tuvo lugar en China durante el primer trimestre de 2020, acompañado de la caída y desestabilización de los mercados globales como consecuencia de esto, ha demostrado fehacientemente la altísima relevancia económica y la posición que obstenta este país como “la fábrica del mundo”. Incluso podríamos comenzar a hablar de la chino-dependencia del comercio internacional. 

Esto, aunado a la poca confianza que genera el aparato estatal chino, podría provocar que inversores y grandes compañías que han desplazado en las últimas décadas parcial o totalmente su producción al territorio asiático, se sientan motivadas a redistribuirlas o incluso relocalizarlas nuevamente en occidente. En este escenario, es probable que los Estados Unidos intenten fomentar esta hipótesis, la cual ya es parte de la cotidianidad política estadounidense impulsada por el presidente Trump e incluso por el ala más progresista del Partido Demócrata de ese país.

Por otro lado, habiendo controlado ya la crisis de salud, China se ha propuesto mejorar su imagen ante la comunidad internacional ofreciendo suministros médicos, equipos de protección personal, trabajadores sanitarios, asesoramiento, capacitación y hasta financiamiento a países que aún atraviesan los embates de la pandemia. Así, China gana terreno y fortalece sus relaciones internacionales en el ámbito de la cooperación en un momento en que Estados Unidos se muestra completamente ausente y debilitado.

Y es precisamente allí donde el inmenso y poderoso aparato comunicacional y cultural occidental -en conjunto con el poder de estos Estados- entra en acción y comienza a plantear la narrativa que va desde lo creíble hasta la evidente propaganda, como ocurre, por ejemplo, con la posibilidad de que China haya sido deshonesta en cuanto a la cuantificación de los casos positivos de Covid-19; pasando por los retrasos en dar a conocer al mundo los riesgos de la enfermedad; presiones y complicidad con la Organización Mundial de la Salud para ocultar información sobre la crisis o para manejarla a conveniencia del país asiático; hasta incluso las teorías conspirativas y ampliamente desmentidas que el virus haya sido desarrollado en un laboratorio y esparcido de forma intencional con la venia del gobierno chino. Esto último ha sido expresado incluso por personas con cierto nivel de credibilidad en el ámbito médico y epidemiológico, pero sin ningún sustento probatorio más que lo meramente anecdótico.

En todo caso, la realidad es que algunos puntos de esa argumentación parecen ser creíbles, puesto que, China, en efecto, parece haber intentado censurar los primeros reportes del nuevo coronavirus. Incluso, se podría afirmar que la presión internacional tuvo resultados positivos en este punto cuando a mediados de abril se dio la corrección y actualización por parte de China de sus cifras de contagios y muertes.

De cualquier forma, el partido comunista chino sabe perfectamente que el camino a la hegemonía global pasa por una batalla cultural donde la opinión pública juega un papel central, por lo que los paquetes de ayuda y los esfuerzos de colaboración en los que se ha embarcado apenas comienzan y serán una constante en su estrategia de posicionamiento de ahora en más.

¿Es posible desmantelar el nuevo control social?

La pandemia dejará profundas consecuencias en el tablero internacional, mientras que las estructuras internas de los Estados con seguridad serán objeto de cambios y ataques.

El control del gobierno chino sobre su población es casi absoluto, por lo que la desestabilización que podría sufrir no será consecuencia directa de reclamos políticos de sus ciudadanos si no de los estragos económicos que la pandemia produzca, lo cual obviamente está por verse todavía.

Las democracias occidentales, por su parte, están en crisis desde mucho antes de la aparición del coronavirus.

La escalada del control cuasi policial y de vigilancia que los Estados occidentales están implementando durante la crisis podrían provocar la erosión del sistema de libertades individuales que ya de por si estaba bajo ataque. Al respecto, cabe preguntarse: ¿es posible desmantelar el nuevo nivel de control social una vez superada la emergencia sanitaria? En caso de que la respuesta de las autoridades sea negativa o se encuentren renuentes a disminuirlo, es probable que se desencadenen nuevos levantamientos políticos, cambios de gobiernos o un estado de conflicto social constante, sin ni siquiera mencionar el desajuste económico.

Por tanto, el reto político de occidente, si es que pretende conservar su modelo democrático como hasta ahora lo habíamos entendido, será realizar una transición coherente hacía un nuevo Estado que sea capaz de hacer frente a conflictos globales como el que hoy vivimos sin quebrantar sus principios liberales básicos.

Mientras esto se define, China seguirá tomando los espacios que se encuentran en disputa.


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Luis Eduardo Barrios A.

Abogado por la Universidad Central de Venezuela (UCV) y candidato a Magíster en Relaciones Económicas Internacionales por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Especialista en relaciones internacionales y geopolítica.

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