¿ES PENSABLE VENEZUELA? 3. UN DIÁLOGO CON DOMINGO ALBERTO RANGEL SOBRE SOBERANÍA, INDUSTRIALIZACIÓN Y RENTA PETROLERA

¿ES PENSABLE VENEZUELA? 3. UN DIÁLOGO CON DOMINGO ALBERTO RANGEL SOBRE SOBERANÍA, INDUSTRIALIZACIÓN Y RENTA PETROLERA

No existe un momento más propicio para el ejercicio de reinterpretación del pasado con proyección de futuro como cuando las naciones ingresan en grandes encrucijadas históricas en las que se encuentra amenazada su existencia político-social. Paradójicamente, los momentos de quiebre existencial de las naciones son también los momentos de colapso de las condiciones de vida material y espiritual de sus habitantes lo que ocasiona que los grandes temas nacionales queden enterrados en la heroica lucha cotidiana por la subsistencia. Sin embargo, las grandes encrucijadas parecen sólo ser franqueables con la correcta mediación dialéctica entre el heroísmo de la vida cotidiana y la vindicación de los grandes temas de la voluntad nacional-popular. Ante el aparente dominio omnímodo de la fatigosa secuencia de tensiones y relajamientos entre la contrarrevolución activa y la contrarrevolución pasiva en la vida política venezolana actual es preciso reivindicar dos interrogantes con potencia disruptiva: ¿Cuáles han sido los grandes temas nacionales a lo largo de nuestra historia? ¿Cuáles han sido las grandes preocupaciones sobre el gobierno de la patria y el lugar que hemos de ocupar en el sistema interestatal?

En los albores del siglo XXI Domingo Alberto Rangel (DAR) realizó en su Venezuela en tres siglos un penetrante análisis interpretativo sobre el legado del siglo XX y los dilemas que el siglo XXI acarreaba para Venezuela el cual resalta por su claridad meridiana, admirable parresía y acuciante actualidad. En el ocaso del siglo petrolero venezolano, cuando la “parábola trágica” del mené se ha cernido sobre el país, un diálogo con varios de los motivos tratados por Rangel es una conjura contra la miseria de la realidad.

I

Uno de los grandes mitos constitutivos de los Estado-nación modernos es el pretendido derecho a la soberanía. La idea de que el poder político supremo se enmarca dentro del Estado por un lado y que este reside en el pueblo por el otro pueden ser catalogadas como la mayor ingenuidad normativa de las ciencias sociales y el ideal político más sublime al que ha aspirado el género humano respectivamente. Sin embargo, los Estado-nación reivindican su soberanía en medio de un sistema político más amplio, el moderno sistema interestatal europeo devenido global, bajo la hegemonía histórico-mundial de un Estado capitalista líder. La esencia de dicho sistema social histórico es la acumulación incesante de plusvalor entre regiones, países y clases en el escenario del mercado mundial. En lo que a la Realpolitik respecta, la soberanía se decide en la capacidad de los Estados para organizar la acumulación de capital y el ejercicio de la violencia a lo interno de sus fronteras, pero sobremanera, en relación con otros Estados.

Domingo Alberto Rangel incorporó estos principios realistas para señalar con precisión cómo Venezuela no puede comprender su soberanía sin el petróleo. Pero no a la manera de la infeliz fórmula de la “soberanía petrolera” la cual esconde el deseo de la razón rentista de incrementar los ingresos que extrae del mercado mundial por concepto de propiedad sobre el petróleo como fin último. Lo que señala DAR es un tipo de incorporación a la dinámica de la economía política global que transformó radicalmente la pauta de relaciones de poder entre el Estado venezolano y los demás Estados del sistema interestatal. En sus palabras: “El petróleo es tajante, a eso vamos. Divide en dos segmentos la historia de Venezuela. Nos hace más dependientes, nos coloca en el epicentro de la vigilancia internacional, acota nuestra soberanía hasta la precariedad pero todo cuanto tenemos en lo material, que no es poco y sería mejor si hubiésemos sido más sensatos, es producto de esa sustancia”[1]. ¿Qué implica esta idea fuerza de “vivir con la soberanía acotada” para la dinámica económica y política del país cuando la economía venezolana transita de la crisis al colapso y del colapso a la extinción?

Así las cosas, la inserción de Venezuela como un país rentista en medio de la dinámica de la economía-mundo capitalista permitió hacerse de una porción del excedente que circula en la economía global por cargo a la propiedad de un recurso natural clave dada la diferencia específica del ciclo sistémico de acumulación estadounidense intensivo en energía y medios de producción. A despecho de los victimismos chauvinistas vale decir que ese excedente es producto de una alta tasa de explotación en otro lugar de la división internacional del trabajo. El excedente captado del mercado mundial, esto es la renta petrolera, dinamizó la acumulación de capital interno a medida que desde el Estado se propició una “Ley de Say a la inversa” donde el consumo fue capaz de trasladar a millones de personas que se encontraban en la economía rural regida por la reproducción simple hacia una economía de reproducción ampliada en la cual los niveles de ingreso no estaban regidos por la leonina dialéctica entre el salario real y la productividad gracias a que la renta internacional del petróleo permitía tapar el hueco entre uno y otro bien sea con altos salarios en el sector público, bien sea con importaciones de medios de consumo o medios de producción bajo la sobrevaluación cambiaria.

La dificultad para reconocer “que ese tipo de riqueza no ganada, porque no se generaba por actividades propiamente dichas, en su mayor parte consistía en la liquidación de un activo preexistente, tenía que inyectarse a la economía como peligroso medicamento” como señaló con maestría Pérez Alfonzo[1] se convirtió en el epitafio del siglo petrolero venezolano. Aun así, pese a que es común asociar el descalabro económico del país al petróleo ―usualmente sin ningún tipo de rigurosidad o teoría de fondo y con el cainismo a flor de piel― es mucho menos común asociar la economía política del petróleo y los riesgos señalados por Pérez Alfonzo a la cuestión de la soberanía y la seguridad nacional.

La realidad primordial del moderno sistema interestatal es de carácter económico. El éxito relativo de los Estados en la producción agroindustrial, el comercio y las finanzas determina la fortaleza relativa de los Estados. Los desequilibrios macroeconómicos son los prolegómenos a la dominación de un país por otro y la política imperial en la época del imperialismo informal estadounidense es abrir cualquier región del planeta a la acumulación por desposesión[1]. Ponga usted los guarismos a estos indicadores: déficit fiscal incontrolable, crisis en la balanza de pagos, acelerada depreciación de la moneda, valoración inestable de los activos internos (financieros e inmobiliarios) e inflación, aumento del desempleo y caída de los salarios reales, fuga de capitales. La tesis que traigo a colación es que cada uno de estos desequilibrios macroeconómicos tiene su caldo de cultivo en la dinámica de la inserción rentista de Venezuela en la economía-mundo capitalista, primero; que su aumento exponencial se origina en la fase de declive del siglo petrolero venezolano en la década de 1970, segundo; por último, que la política económica y exterior del gobierno de Nicolás Maduro ha conllevado al desenlace fatal de los mismos hasta poner en vilo la seguridad nacional del país. El mal gobierno de la contrarrevolución pasiva ha conllevado al peor de los desenlaces posibles del siglo petrolero venezolano.

II

Es en la inserción del país en el mercado mundial y sus efectos metabólicos internos donde Domingo Alberto Rangel captó con maestría el principal dilema que se le presentaba al país en el fin de siècle:

La tragedia de Venezuela, desde el inicio de este siglo cuando se entroniza Cabimas es que toda iniciativa, hasta la más generosa o prometedora, se concibe como parasita del petróleo sin cuya protección y vigor perecería o se marchitaría. Nada más deplorable, desde este punto de vista que la llamada siembra del petróleo (p. 244)

Sin embargo, esta encrucijada siempre ha contado con una salida no exenta de riesgos. “Como todo modelo basado en una riqueza extractiva―arguye Rangel― el del petróleo marcará la parábola trágica algún día. Venezuela debe transformarse, sin dilaciones, en una nación industrial” (p. 177).  En la política cambiaría estuvo el quid de la dialéctica sobre la industrialización, ya que parafraseando a la fórmula de Schumpeter según la cual la política monetaria es el cuartel general de la acumulación capitalista, en un Estado que administra una porción del plusvalor global gozando de amplia liquidez sin ninguna relación con la productividad del trabajo (nacional) la política cambiaria se convierte en el cuartel general de la acumulación de riqueza y poder.

La economía rentista no surgió del diluvio universal, sino que su dinámica lidió con la crisis de la economía agrícola dual (exportación y pequeños mercados). Por lo que, si se quiere, la industria petrolera repitió a un nivel muy superior el abismo entre dos productividades y su impacto en el tipo de cambio. La incapacidad técnica del capital nacional (público y privado) para explotar el petróleo abrió paso a las compañías trasnacionales anglosajonas. La reivindicación rentista obligó a las compañías a cambiar dólares por bolívares a un tipo de cambio fijo evitando que el aluvión de divisas revaluara el bolívar y disminuyera la cantidad de dólares necesarios para que las empresas operasen ergo la cantidad de dólares que recibía el país. Muy rápidamente se instaló una de las tendencias claves del siglo petrolero venezolano: abundancia de divisas con sobrevaluación cambiaria. La sobrevaluación cambiaria liquidó a la agricultura para la exportación obligando a la desruralización de gran parte de la fuerza de trabajo campesina. La otra cara de la sobrevaluación era el abaratamiento de los medios de producción y consumo. En ambos casos, surgieron dos fuertes tendencias al aumento del coeficiente de importaciones en el sector secundario y terciario de la economía que atentaban contra el aumento de la composición orgánica de capital.

En la fase de ascenso del siglo petrolero venezolano (1917-1973/1983) el legado dialéctico de la sobrevaluación fue positivo. “El bolívar sobrevaluado otorga a Venezuela la economía más moderna en lo técnico que pueda exhibir América Latina (…) El bolívar sobrevaluado permitía importar chucherías o a hacerse a necedades (…) pero facilitó también la adquisición de maquinaria muy moderna y sofisticada sin mucho esfuerzo o con poquísimo esfuerzo” (p. 139) sostiene DAR. En la fase de descenso del siglo petrolero venezolano (1973/1983-2022) las consecuencias de la sobrevaluación abatieron a la dinámica económica del país.

Como lo expresa la máxima de Clement Juglar “la única causa de la depresión es la prosperidad”. La fase de declive del siglo petrolero venezolano se acompasó con el inicio de la fase financiera del ciclo sistémico de acumulación estadounidense. El embargó de la OPEP por la Guerra de Yom Kipur conllevó a un aumento inusitado de los precios del petróleo y la sobreabundancia de capital absorbido del mercado mundial no encontró inversión rentable en los mecanismos habituales del comercio y la producción (D-M-D”) llevando a un crecimiento artificial de la productividad industrial, el empleo público y el sector servicios junto a un crecimiento perjudicial del endeudamiento externo, la economía informal y el desempleo urbano. Así las cosas, desde la década de 1970 Venezuela vive lo que Marx denominó una crisis de sobreacumulación (o lo que es lo mismo: una huelga de inversión). La crisis de sobreproducción es el caldo de cultivo de la Mega Depresión Venezolana que inicia en 2013 de la que la crisis existencial de la seguridad nacional es uno de sus componentes claves.

III

De la incapacidad de reproducir a escala ampliada la acumulación de capital que se origina en la década de 1980 (constatada en la huelga de inversión y la creciente e inmanejable desproporcionalidad entre el Sector I y el Sector II) Venezuela ingresó al siglo XXI con la única certeza de que la economía motorizada por el petróleo había llegado a su ocaso. Escribiendo en el fin de la centuria DAR captó la disyuntiva existencial que afrontaba el país:

El siglo XXI plantea un dilema para nosotros que no podríamos evadir ni podríamos aplazar. ¿Seguimos siendo un país rentista con toda la mentalidad que ello crea o decidimos ser un país productor? ¿Vivimos otro siglo del petróleo o erigimos una economía de raíz productiva? Es el dilema de mayor trascendencia que nos plantea el nuevo siglo (pp. 229-230).

Sobre esta declaración hay que detenerse hasta el infinito para convencer a propios y extraños sobre el porqué del agotamiento, el cual no es ni casandrismo ni capricho. Es analítica de la dinámica de la acumulación de capital. La renta del petróleo no es un impuesto, es decir, no es una porción del excedente nacional que el Estado capta de la sociedad civil para ejercer sus funciones. El petróleo tiene un componente productivo que se origina de la industria que lo extrae. Pero también, tiene un componente rentista que es el excedente que se capta de la diferencia entre su precio de producción y su precio en el mercado mundial. Lo que está detrás de ese excedente es la capacidad del petróleo en tanto fuente de energía para aumentar la productividad del trabajo. Por lo tanto, lo que se absorbe del mercado mundial es valor creado por el trabajo en otro lugar de la división internacional del trabajo. La capacidad de importar que dan las divisas petroleras es capacidad de intercambiar un valor absorbido, esto es, no generado, por mercancías múltiples. De ahí que si la política económica no tiene especial cuidado en la forma de insertar la “peligrosa medicina” (como metaforizó Pérez Alfonzo) se convierte en un arma letal en la creación de desequilibrios macroeconómicos y trabas institucionales en el mejor de los casos y crisis de acumulación, crisis de sobreproducción (o crisis de demanda) y crisis de proporcionalidad en el peor.

Acá la clave de todo es la dinámica de la economía-mundo capitalista la cual combina un sistema de Estados pretendidamente soberanos con una división axial del trabajo en donde la producción es mundial pero la distribución del excedente está regida por el intercambio desigual entre Estados con productividades diversas. El tipo de cambio es el mecanismo de volver cuantitativamente intercambiable dos mercancías que son cualitativamente producidas por diferentes composiciones orgánicas de capital. Es allí donde Domingo Alberto Rangel hace una puntillosa crítica a cómo se han manejado los asuntos del petróleo en el país:

Desde Alberto Adriani hasta Juan Pablo Pérez Alfonzo (…) se ha considerado que el petróleo debe ser el motor que imparta el impulso dinámico de la economía (…) Se extraerá tanto petróleo como necesitemos los bienes que él nos permita adquirir fuera del país. El volumen de producción petrolera estaría siempre determinado por la magnitud de nuestras exigencias de desarrollo o conservación (…) para que el sistema así avizorado o postulado llegue a funcionar, Venezuela necesitará tener mayor influencia en el negocio mundial petrolero (…) El petróleo puede cumplir la providencial misión de regulador racional y equilibrado de nuestra vida si su producción tiene por norte supremo la satisfacción de nuestras exigencias y nada más. Pero no es así ni puede serlo (p. 230).

No obstante, no hay ocaso de un largo ciclo económico sin una Belle Époque que viene a propiciar con prosperidad la arremetida de la depresión. En lugar de captar que el quid de dilema nacional no estaba entre producción y distribución de la riqueza, la Revolución Bolivariana se empeñó en anteponer la cancelación artificial de la “deuda social” a procurar una revolución en el tipo de inserción del país en la economía-mundo capitalista. Hic Rhodus, hic salta: en la década del 2000 las importaciones como porcentaje del PIB promediaron 29,38% por encima del 21,05% de la década anterior; la formación bruta de capital fijo como porcentaje del PIB pese al boom de los precios del petróleo sólo creció en promedio 1,69% en la década del 2000 con respecto a la de 1990; el gasto de consumo final del gobierno general como porcentaje del PIB incrementó tan sólo un 0,39% en promedio entre las dos décadas; el consumo de los hogares como porcentaje del PIB pasó de promediar 62,4% en la década de 1990 a 52,3% en la década del 2000. Las cifras parecen otorgar un cuadro muy claro. El legado económico de los conductores del país durante la década del 2000 fue la fiesta de la importación, la fiesta de la burguesía comercial. El sorprendente aumento de la participación de Venezuela en el total de las importaciones mundiales así lo evidencia.

Elaboración propia/ datos del Banco Mundial

Al leer a Rangel, era previsible el resultado de la socialización del consumo llevado a cabo durante la Belle Époque del siglo petrolero venezolano. Ex antes escribió: “ninguna sociedad en la historia, de las tantas que gozaron una renta o vivieron un sistema rentístico transformó su naturaleza para evitarse el eventual embarrancamiento”. Como coda indicó que “las sociedades como la gente se enmiendan cuando la catástrofe que despreciaron les cae encima hasta aplastarlas” (p.232). Tras una caída del PIB acumulada desde 2013 que rondará el 100% al final de este año. Tras la migración de más de 5 millones de connacionales. Tras una dilapidación del salario real difícilmente vista en la historia. Tras una crisis política que acabó con la más básica sustancia republicana, las palabras de Rangel suenan hoy clarividentes. Son agudas en grado superlativo en tanto que además de prever la catástrofe expresaron la incapacidad de la sociedad rentista para enfrentarla, de ejercer como un organismo vivo ante el embate de la tragedia existencial. Para Rangel “el siglo XX ha sido eso, el imperio del barroso, la dictadura del petróleo” (p.237). Quizá el principal acto de constricción que queda por hacer sobre este suelo es precisamente denunciar a esos dos significantes, imperio y dictadura, lo cuales representan tan bien los deseos de la contrarrevolución pasiva y la contrarrevolución activa.


[1] D. A. Rangel, Venezuela en tres siglos, Caracas, Mérida editores, 2004, p. 51. Las citas que salgan a continuación donde sólo se otorgue el número de página pertenecen a este libro.

[2] J. P. Pérez Alfonzo, Hundiéndonos en el excremento del diablo, Banco Central de Venezuela, Caracas, 2011, p 40.         

[3]  Véanse D. Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Madrid, Akal, 2007, p. 208; L. Panitch y S. Gindin, La construcción del capitalismo global: la economía política del imperio estadounidense, Akal, Madrid, 2015.

Malfred Gerig

Sociólogo por la Universidad Central de Venezuela (UCV), Especialista en Estado, Gobierno y Democracia (CLACSO) y candidato a Magíster en Ciencia Política por la Universidad Simón Bolívar (USB). Director Ejecutivo de Laboratorio Estratégico e investigador con interés en economía política global y economía política del petróleo.

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