FERNANDO MANUEL SUÁREZ: “EL PROGRESISMO SUBESTIMÓ LA CAPACIDAD HEGEMÓNICA DE LAS DERECHAS”

FERNANDO MANUEL SUÁREZ: “EL PROGRESISMO SUBESTIMÓ LA CAPACIDAD HEGEMÓNICA DE LAS DERECHAS”

Fernando Manuel Suárez, profesor de historia en la Universidad Nacional de Mar de Plata y Magister en Ciencias Sociales, conversó en exclusiva con Revista Florencia sobre diversos tópicos, dentro de los que se destacan el análisis sobre la “crisis” de la democracia-liberal y la “muerte” del estado de bienestar.

Fernando considera que el problema de la representación no se limita exclusivamente a atender las demandas, sino que también requiere articularlas de un modo específico al hablar sobre la imposibilidad de las izquierdas para representar las demandas populares en la actualidad.

También conversamos sobre el avance de las derechas en la región, la realidad política de las fuerzas progresistas en la actualidad y las perspectivas de futuro de opciones políticas que nos inviten a pensar en lo distinto.

A simple vista, pareciera que la contingencia histórica entre la democracia y el liberalismo, expresada de manera clásica en la democracia-liberal ha entrado en crisis ¿Qué nos puede decir al respecto?

Debo decir que esta pregunta atraviesa varias cuestiones, de índole teórico y práctico. La primera tiene que ver con un efecto no deseado del sistema democrático y la incertidumbre inherente a él.

Como señalara Marcel Gauchet, la democracia vive en crisis permanente. La democracia tiene muy poca capacidad de prever sus resultados y de controlar a los agentes políticos, sin que esto le haga perder su condición de democracia, por lo que habilita la posibilidad de que figuras como Bolsonaro o Trump, por dar algunos ejemplos, triunfen en elecciones a pesar de sus características personales y sus dudosas credenciales democráticas.

A ese rasgo constitutivo, se suman  elementos como la inestabilidad política, la desigualdad económica o la fragmentación social, que erosionan los cimientos de por sí endebles de este sistema político.

La segunda cuestión está centrada justamente en la relación entre democracia y liberalismo que, si bien han tendido a conjugarse, parten de una relación conflictiva e, incluso, de franca oposición en sus orígenes, una especie de “matrimonio por conveniencia”. Su combinación en el sintagma “democracia liberal”, y su consolidación como horizonte deseable del orden político –al menos en el mundo noroccidental-, ha llevado a soslayar y olvidar las tensiones que anidan en esa relación conceptual. Tensión que no es otra que la trillada entre igualdad y libertad. Esta relación, que hasta no hace mucho tiempo planteaba un tipo de dificultad más cercana a un precario equilibrio entre ambos elementos, hoy ve un deterioro por los dos flancos.

Estamos en presencia de democracias cada vez más desiguales y cada vez menos liberales –iliberales, como se las ha bautizado–, al margen de cuál es la relación causal entre uno y otro proceso, lo cierto es que estamos ante una situación problemática a escala planetaria, con manifestaciones diversas y heterogéneas pero igualmente preocupantes.

Dentro de esa crisis de la democracia-liberal, no son pocos los analistas que aseguran que el “Estado de bienestar murió de éxito” ¿Esto es realmente así o hay algo más?

Esta es una afirmación que se ha vuelto cierta a fuerza de repeticiones, pero como todas las frases hechas encubre una serie de simplificaciones y omisiones.

Esa afirmación puede funcionar, insisto que con algún que otro matiz, para ciertos países desarrollados, fundamentalmente europeos. Donde efectivamente fue montado un Estado de bienestar a lo largo del siglo XX, con servicios públicos de alta calidad y alcance prácticamente universal, y donde, en consecuencia, podría hablarse de una “muerte por éxito”. Lo paradójico de ello es que la mentada crisis, asociada al avance neoliberal y las privatizaciones, tuvo un impacto desigual en las diferentes economías. La “muerte” más dramática se dio en aquellos lugares donde resulta difícil encontrar un Estado de bienestar vigoroso, donde difícilmente se pudiera hablar de tal éxito.

La trampa que encubre la afirmación es que la “crisis de éxito” tiene que ver menos con el Estado de bienestar en sí, o con sus manifestaciones institucionales, que con los actores políticos que lo garantizaban y su base de apoyo electoral.

La “muerte de éxito” refiere más que nada a ese proceso, vinculado al ascenso social y una redefinición de las aspiraciones de la ciudadanía. Al mejorar las condiciones sociales, y garantizarlas por vía estatal, se produjo un cambio en las prioridades y una revolución de expectativas en cierto segmento del electorado que erosionaron la base de sustentación de ese modelo. Si bien esta interpretación, un tanto lineal y simplista, puede tener algún asidero para explicar algunos de los cimbronazos que sufrió la socialdemocracia en esos años, resulta insuficiente. Es necesario para comprender esa situación analizar las dinámicas novedosas del capitalismo global en esos años y las limitaciones del modelo bienestarista para enfrentar los nuevos desafíos, eso matizaría definitivamente la idea de la “muerte por éxito”.

Para ser más exactos: ¿A qué se debe la imposibilidad manifiesta de las fuerzas progresistas para representar las demandas populares de la población en estos tiempos?

Esta es una pregunta muy difícil, si tuviera la respuesta tendría un gran negocio entre manos. Sin embargo, voy a intentar ensayar una respuesta que más bien abrirá otros interrogantes.

Creo que uno de los problemas está justamente en el enunciado de la pregunta, y tiene que ver con esta idea de que existen demandas populares que deben ser representadas. Eso parte de una idea de representación política que es equivocada y que se arrastra, sobre todo en algunos sectores de la izquierda, desde hace largo tiempo. De hecho considero -y con esto no creo estar diciendo ninguna originalidad- la representación política es uno de las grandes cuestiones de las democracias contemporáneas.

Por tanto el problema es de dos órdenes diferentes. Por un lado, es cierto que las demandas sociales se han vuelto heterogéneas y fragmentarias. La explosión de demandas particulares, de diverso alcance y vigor, a modo de archipiélagos disociados, muestra una foto relativamente certera del escenario complejo en que se inscribe la disputa política. Por el otro, el problema de la representación no se limita simplemente a atender tales demandas, sino que requiere articularlas de un modo específico. Volver a pensar en términos de hegemonía, como siempre me señala Julián Melo[1], es uno de los puntos de los cuales podría partir el progresismo.

En este sentido ¿Cómo han logrado las fuerzas restauradoras capitalizar estas demandas? ¿Acaso la derecha latinoamericana logró solventar el impasse entre igualdad y libertad, clásica diada del conflicto entre izquierdas y derechas, en las expectativas de su electorado?

Creo que está justamente asociado a esto último que te señalaba. En una nueva edición de su libro La cola del diablo: itinerarios de Gramsci en América Latina, José Aricó señalaba como la nueva derecha francesa había leído a un autor marxista como Gramsci para repensarse a través de sus definiciones y desarrollos teóricos, en especial el concepto de “hegemonía”. Sin prisa y sin pausa, esa derecha que parecía una expresión marginal de la política de la segunda posguerra, hoy muestra un inesperado vigor y, lo que es más impresionante aún, éxito electoral.

En ese sentido, no es fácil determinar si el avance de las derechas tuvo que ver con un repliegue de las izquierdas o viceversa. Quizá sea un poco de ambas. Pero sí está claro que el progresismo subestimó la capacidad hegemónica de esas derechas, creyó siempre que se trataba de minorías intensas incapaces de seducir a un electorado más amplio. La crisis de la democracia liberal, sus múltiples promesas incumplidas sobre las que ya advertía Bobbio, se convirtieron en un caldo de cultivo ideal para estas derechas.

No sé si estas fuerzas lograron solventar el impasse entre igualdad y libertad, sino que las confrontaron con otros vectores ideológicos que, como se ha visto, hoy tienen mayor carnadura social. La cuestión de la seguridad y el orden, soslayados muchas veces por el progresismo, se convirtieron en los ejes articuladores de estas propuestas que, al margen de estas líneas conceptuales mayores, se mueven más cómodos a través de consignas más pedestres y efectistas.

Por otra parte, usted en sus escritos habla de la necesidad de un socialismo democrático ¿En qué consiste esta forma de socialismo?

El socialismo democrático hoy parece una quimera, creo que es justo decirlo, más propio del devaneo intelectual que de la política concreta. Las frustraciones políticas acumuladas parecen no dejar mucho lugar para el optimismo, pero de todas formas creo que vale la pena hacer el ejercicio.

En primer lugar, creo que es necesario inscribirnos en la línea de la socialdemocracia realmente existente, sin beneficio de inventario ni concesiones. Esto implica asumir que, por el momento, la acción política está restringida a la democracia representativa y al capitalismo. Esto no implica restringir la posibilidad de pensar alternativas, pero considero que hoy resulta más acuciante hacer un llamamiento al realismo político. Creo que gran parte de las frustraciones de nuestras izquierdas más recientes ha tenido que ver con el desfasaje entre lo inflamado de sus declamaciones y lo módico de sus resultados. Esto implica asumir limitaciones, tanto prácticas como morales, y en ese sentido el socialismo democrático no puede contemplar, a mi entender, la posibilidad de cargar muertos a sus espaldas, como ya ha ocurrido con otras experiencias políticas.

En segundo término, creo que es necesario innovar profundamente en el repertorio de referencias teóricas y prácticas para nuestra acción política. Esto no implica tirar por la ventana a los autores canónicos y sus recetas, pero sí incorporarlos a un análisis que dé cuenta de los profundos cambios económicos, políticos, sociales y culturales que han acontecido en las últimas décadas a un ritmo vertiginoso. Es urgente que el socialismo democrático se inscriba en los debates del siglo XXI y que abandone la confortable añoranza de un pasado venturoso. Sin ese requisito, difícilmente se pueda articular una propuesta que logre interpelar a una ciudadanía que, de momento, se muestra apática e indiferente.

¿Qué rescata y qué rechaza esta nueva expresión política, de las experiencias de la izquierda latinoamericana hasta los momentos?

Como señalaba antes, creo que el gran déficit de las izquierdas latinoamericanas tuvo que ver con lo explosivo de sus proclamas y con lo limitado de sus resultados. El tan mentado fin del neoliberalismo fue tan sólo un impasse y los logros parecen ser mucho más endebles de lo que creíamos.

Más allá de eso, las experiencias de las izquierdas latinoamericanas fueron heterogéneas y contradictorias en muchos sentidos. Mostraron resultados, por cierto desiguales entre un caso y otro, muy interesantes y novedosos en materia de inclusión social y ampliación de derechos civiles, así como políticas públicas de impacto en materia de salud y educación. En contraste, tuvieron muchas limitaciones para revisar la matriz productiva de sus respectivas economías y para configurar una estatalidad institucionalmente más vigorosa. El saldo está a la vista, un reflujo de la derecha más rancia, acusaciones de corrupción por doquier y una situación económica que, si bien puede ser atribuida en parte importante al nuevo rumbo asumido por las derechas, es resultado de los errores incubados durante el “ciclo progresista”.

Parar cerrar ¿Cree usted que este contexto podremos ver el renacimiento de una alternativa de izquierda democrática con posibilidad real de llegar al poder? De ser así ¿Qué expectativas debería cumplir una fuerza progresista renovada en la actualidad?

En el escenario actual esa posibilidad parece realmente lejana. Incluso los casos que todavía hoy parecen exitosos, como son Bolivia y Uruguay comienzan a mostrar fisuras y problemas no tan diferentes a los que sufrieron otras experiencias vecinas. En los demás países, a la derrota electoral le sucedió una crisis política, signada por el repliegue y la fragmentación, que no parece tan sencilla de revertir desde la oposición. Eso por no hablar de los casos de Venezuela o Nicaragua, en donde cualquier atisbo de progresismo ha quedado subsumido en el autoritarismo y la violencia.

Necesariamente la alternativa de izquierda democrática que pensemos de aquí en más debe tener una amplitud de actores y expresiones política en cierta medida inédita. Y esto no es por simple altruismo o vocación de apertura, sino por una realidad política que muestra un escenario de fragmentación y declive que no puede ser combatido de otro modo.

En segundo lugar, considero que la izquierda, como señalara el politólogo español Ignacio Sánchez-Cuenca, debe hacer gala y hacerse cargo de su superioridad moral. Esto implica una adhesión inflexible a la democracia y, al mismo tiempo, un compromiso genuino contra la corrupción, el nepotismo y la venalidad. Ese tiene que ser la base sobre la cual montar un programa en pos de la igualdad y la distribución de la riqueza.

Por último, como señalaba antes, considero que es fundamental que la izquierda democrática sea profundamente innovadora. Esto no implica simplemente sucumbir a los vientos de cambio y dejarse llevar, como ocurriera con algunas fuerzas progresistas durante el refulgir neoliberal. Sino que requiere una vocación de pensar el futuro de forma más arriesgada y con herramientas más adecuadas. Es fundamental que salgamos del cómodo lugar defensivo frente a las derechas y nos atrevamos a recuperar la vena propositiva. No es sencillo en absoluto, pero el quedantismo y el pasmo no parece ser una respuesta adecuada para nada, y menos cuando todavía creemos en la capacidad de trasformación de la política.

 


[1] Licenciado en Ciencia Política y Doctor en Ciencias Sociales por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. En la actualidad se desempeña como profesor de la Universidad de San Martin

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