¿ES PENSABLE VENEZUELA? 1. MISERIA DE LA REALIDAD

¿ES PENSABLE VENEZUELA? 1. MISERIA DE LA REALIDAD

¿Es pensable Venezuela? Lamentablemente no. Como consecuencia de la crisis que comenzó en 2012 para sus habitantes el país dejo de ser pensable, simbolizable. La comunidad política se volvió trauma, se hizo inenarrable. Somos gritos que no emiten sonido ante la impresión del trauma. La objeción sobre lo útil y lo nocivo en el nosotros −el quid de la política− pasó paulatinamente de ser voz, argumento y creación a ser ruido, preservación y ensimismamiento. Las subjetividades oscuras tomaron el timón de la construcción de relato sobre el destino de la comunidad en detrimento de la subjetividad fiel al acontecimiento.

Asesinada en mano de sus herederos, la Revolución paso de ser el eje a partir del cual la sociedad creaba su simbolización y posicionamiento político ante los Otros a ser locus de arrepentidos, conversos y demagogos. El Estado, incluyendo a los poderes electos o designados, en lugar de ser la caja de resonancia del espíritu nacional-popular está preso de actores motivados por un instinto de preservación personal-patrimonial a toda costa. El protejo ergo obligo como cogito ergo sum del Estado dio lugar al Aurea mediocritas como mantra del revolucionario-oficial. En la acera de la contrarrevolución, el poder omnímodo otorgado por el concilium euroccidental se trastoca en las más estridentes derrotas ante las más insólitas trampas dilatorias cuando los dictámenes imperiales deben ser traducidos por los esquizofrénicos, acartonados, corruptos y delirantes funcionarios imperiales con pasaporte connacional.

La estructura económica abonada por la más original mixtura de inacción, presiones externas e ignorancia transitó rápidamente de la crisis al colapso, del colapso a la extinción. La migración se convirtió, según la primera evidencia, en una forma de sanar la miseria y el subconsumo pero no en un paso hacia la reconstitución republicana. Parados frente al colapso moral de la clase política que prometió reconstruir la república en el inicio de este siglo, actores con nuevos rostros han venido a contribuir al colapso político promulgando las viejas ideas, los caducos ideales y los fracasados programas de las oligárquicas históricas, ahora en una versión antinacional y supeditada a los intereses estadounidenses difícilmente rastreable en lo más extranjerizante de nuestros antepasados. La acumulación delictiva goza de buena salud en los programas estratégicos de la clase política.

Esta situación es producto de la incapacidad de las fuerzas sociales del país de ser multiplicidad, es decir, de reinventar una realidad que hace varios años se tornó miserable. La inserción como Estado rentista en la economía-mundo capitalista de Venezuela creó una independencia económica del Estado para con la sociedad antitética al financiamiento “normal” del Estado en el mundo moderno. Eliminó de entrada a la cuestión fiscal como arma de protección de la sociedad civil[1] ante el monopolio legitimó de la violencia. Así, en la Venezuela petrolera el axioma hobbesiano política igual a Estado se hizo verdad inobjetable. Pero también la máxima braudeliana según la cual “el capitalismo tan solo triunfa cuando llega a identificarse con el Estado, cuando es el Estado” se hizo carne. La sociedad venezolana siempre fue blanco fácil de una ofensiva de desposesión desde el Estado sin importar el signo político que la llevara a cabo. Los temores de que para los intereses de las clases subalternas es peor un Estado en manos improvisadas que en manos de las clases dominantes se hicieron realidad.

¿Dónde estaba nuestra organicidad como sociedad para defendernos del deterioro del salario real, de la aniquilación del sistema de salud, de la pauperización de la educación, del deterioro de todo lo que constituye una vida digna? ¿Dónde estaban los sindicatos, las asociaciones civiles, las organizaciones comunitarias, la academia, los comités de usuarios, las comunas, etc.? Fijemos la mirada sobre el flujo de renta petrolera y encontraremos muchas repuestas sobre la catatonía venezolana.

Durante el desplazamiento de la estructura económica del país de la crisis al colapso (2012-2016) y del colapso a la extinción (2017-2022), la clase política se escindió definitivamente de los intereses de la sociedad, los intelectuales se convirtieron en operadores anafóricos de la clase política atesorando el más supino narcisismo de las pequeñas diferencias, la Opinión pública y los medios de comunicación luego de auto-deslegitimarse devinieron, como mucho, en órganos publicitarios de los más oscuros intereses políticos. El país se quedó sin proyectos históricos. Al país le arrebataron la Gran Estrategia nacional. La soberanía nacional –que no es otra cosa que el sagrado derecho de decidir aquí y entre nosotros el curso de nuestro destino− pende de un hilo. Amplios sectores de las fuerzas armadas migraron masivamente a la burocracia en búsqueda de la renta petrolera.

Tras sufrir algunos golpes, la antigua burguesía comercial permitió los más inusitados maridajes con la burocracia en ascenso económico para dar paso a lo impensable en los viejos tiempos de la industrialización por sustitución de importaciones: dolarización de facto, liberación total de las importaciones, sanciones avec privatizaciones, sobrevaluación del bolívar sin proteccionismo compensatorio, levantamiento absoluto de las regulaciones sanitarias, fiscales, financieras, sindicales. La burguesía nacional vive la muerte de cualquier opción de acumulación nacional con el optimismo de quien paga en dólares un kilogramo de sardinas al tiempo que el Producto Interno Bruto (PIB) se redujo dos tercios desde 2013, las importaciones alcanzaron niveles de países centroamericanos y el salario no sobrepasa los 5 USD mensuales.

El nacionalismo petrolero como consenso político-social sobre la inserción del país en el mercado mundial dio lugar a la Nueva Apertura Petrolera como acuerdo de la decadente clase política. La razón rentista nacida en tiempos de Gumersindo Torres está dando paso a la “razón colonial” en tanto ya no solo se cuestiona, a la luz de la gestión castrense de la industria petrolera, si podemos producir el mené, sino que se duda sobre la capacidad de cobrar impuestos y renta. Como en aquel lejano 1917 los administradores de la cuestión petrolera creen que hay que liberalizarlo todo para que algún alma piadosa de la industria energética mundial levante la producción de crudo. Y afines a las ideas de los rentiers gomecistas, sin saberlo, aspiran a captar un ingreso por haberse auto-privatizado la riqueza común.

En el flanco externo, la humillación internacional se convirtió en el pan diario de un país que según la futurología ideológica debe pagar con miseria el atreverse a ir a contracorriente de la escatología del liberalismo atlántico. El posicionamiento ante la cuestión venezolana delimita el tablero político en países que en una década pasaron de gozar del boom rentista por préstamos sin intereses, obras públicas gratuitas, exportaciones sobrefacturadas, petróleo a precios especiales o fiestas de consumo con dólares subsidiados a dar muestras de xenofobia y aporofobia a quienes han tenido que migrar sin la posibilidad de pagar su aceptación con condominios de lujo en las más ostentosas calles de Madrid o mansiones en Doral.

El pueblo, la clase, la multitud y la sociedad se desvanecieron en individuos, que como en la más irreal utopía de la filosofía social neoliberal, actúan como lobo del Otro en busca de su sobrevivencia. En la Venezuela cuya estructura económica transita del colapso a la extinción, la moral es anatema y el enriqueceos sin producir es credo sagrado. La acumulación delictiva hizo metástasis en amplios sectores de la sociedad. Si habría que rotular un libro sobre los efectos del fin del siglo petrolero venezolano su mejor título sería MISERIA DE LA REALIDAD.

No escasean los observadores optimistas que declaran al pueblo venezolano en lucha, bien sea contra la tiranía, contra el imperialismo o contra los estragos de su clase política, según el catalejo ideológico con que se mire. Sin embargo, el catalejo de los partidos políticos y sus agentes tributarios hace rato que claudicó en pensar la realidad en términos de Gran Política para hacerlo en términos de auto-preservación yoica.

El contenido y las consecuencias del colapso en la forma en que el país ha entendido los asuntos económicos, políticos y morales desborda las explicaciones huecas según las cuales o todo proyecto revolucionario conduce al totalitarismo para el dogma de derechas, o el imperialismo nos condujo a esta realidad según la letanía exculpatoria de la izquierda autoritaria. En muchos sectores no alineados, la incapacidad de entrar en el reparto de los de arriba se disfraza de denuncia a la clase política.

Ante la miseria de la realidad hay que declarar la vigencia de la teoría. Ante la imposibilidad de que la sociedad se afilie bajo coordenadas simbólicas y políticas distintas a las que establece la clase política es justo reivindicar la necesidad del gesto sustractivo como condición previa al acontecimiento fundador. La clase política ha perdido la capacidad de identificar, movilizar y construir hegemonía, pero no la capacidad de dividir, deslegitimar o cometer infanticidios políticos. ¿Cuáles han sido los grandes temas nacionales a lo largo de nuestra historia? ¿Cuáles han sido las grandes preocupaciones sobre el gobierno de la patria y el lugar que hemos de ocupar en el sistema interestatal? En la búsqueda de las repuestas que dieron algunos venezolanos a estas preguntas hemos de encontrar, sin duda, muchas más certezas que en quienes han fetichizado la pequeña política lanzando al país al vilo de la desafiliación y la crisis de representación.

Ante la inoperancia del maltusianismo político-económico de quienes se niegan a reforma alguna que vaya contra sus intereses patrimoniales o el fracaso del cadornismo de la elite de derechas es necesario advertir que el país se encuentra ante un sino histórico como quizá nunca haya tenido otro. Es necesario recordar con Gramsci que el empate catastrófico en el que se encuentra la política nacional hace rato que escaló de las correlaciones de fuerza sociales a las correlaciones de fuerzas políticas y de estas a las decisivas correlaciones de fuerzas militares  donde se dibuja una encrucijada en la cual o “la vieja sociedad resiste y se asegura un periodo de respiro, exterminando físicamente a la élite adversaria y aterrorizando a las masas de reserva: o bien se produce la destrucción reciproca de fuerzas en conflicto, con la instauración de la paz de los sepulcros, que puede incluso estar bajo la vigilancia de  un centinela extranjero”[2].

Si bien es cierto que la tarea de reinventar a la república a luz de nuestra historia y luego del intento iniciado en 1998 cobra un matiz sisifiano, también es cierto que esa responsabilidad debe prescindir de la culpa, el duelo, la fatiga y el resentimiento (en resumen: las pasiones tristes) que laten en el espíritu de los sectores visiblemente en pugna por la conducción del país. Hacer a Venezuela pensable de nuevo consiste en declarar la importancia de la teoría, es decir, una lectura-interpretación no sujeta a chantajes momentáneos de todo lo que fuimos, somos y seremos como sociedad, como grupo, como parte, como individuos. Si los mitos más profundos en los que creemos se han mostrado infructuosos para el renacimiento de la república, la tarea es inventar otros mitos que demuestren su fuerza y potencia en los infatigables mares de hacer a este pueblo digno de sí mismo.


[1] Utilizó el concepto sociedad civil en el sentido de la tradición de Hegel, Marx y Gramsci.

[2] A. Gramsci, “Análisis de situaciones correlaciones de fuerzas” en Antología. Selección, traducción y notas de M. Sacristán, Siglo XX editores, Buenos Aires.


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Malfred Gerig

Sociólogo por la Universidad Central de Venezuela (UCV), Especialista en Estado, Gobierno y Democracia (CLACSO) y candidato a Magíster en Ciencia Política por la Universidad Simón Bolívar (USB). Director Ejecutivo de Laboratorio Estratégico e investigador con interés en economía política global y economía política del petróleo.

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