GERARDO ABOY CARLÉS: “ESTAMOS EN UNA SITUACIÓN SUMAMENTE VOLÁTIL”

GERARDO ABOY CARLÉS: “ESTAMOS EN UNA SITUACIÓN SUMAMENTE VOLÁTIL”

Gerardo Aboy Carlés es Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. En esta oportunidad, Gerardo ha conversado en exclusiva con Revista Florencia sobre los últimos acontecimientos políticos de Argentina: principalmente sobre lo sucedido en las PASO 2019, el desgaste del proyecto macrista, las características del posible Gobierno de Alberto Fernández, así como las distancias entre el caso argentino y el caso venezolano.

Para Gerardo Aboy Carlés en la derrota del macrismo se conjugan diversos elementos como la precarización de los indicadores sociales y la degradación de la promesa de una derecha democrática que apostaba inicialmente al liberalismo político. Asimismo, nuestro entrevistado considera que el proyecto de Alberto Fernández excede al kirchnerismo para incorporar una buena parte del peronismo no kirchnerista y una parte de la izquierda moderada que había sido crítica a Cristina, por lo que se podría esperar que la coalición termine en un gobierno de centro, con cierta sensibilidad social.

Candidato Alberto Fernández da un mensaje tras ganar en las PASO 2019 | Foto: Julieta Ferrario/ZUMA Wire/dpa

La mayoría de las encuestas previas a las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO 2019) daban ganador a la fórmula de Alberto Fernández. Sin embargo, nadie esperaba que la victoria simbólica de ese día fuese por 15 puntos de diferencia ¿Cómo podemos aproximarnos a entender los resultados del 11 de agosto?

Lo que plantean es bastante cierto. La amplia mayoría de las élites empresariales, académicas, políticas, periodísticas y sindicales esperaba una victoria de Alberto Fernández por un margen mucho más pequeño y reversible en una segunda vuelta. Recordemos que el ballotage argentino es muy particular y fue hecho a la medida de las necesidades de Carlos Menem en los años 90: se puede ganar en primera vuelta si quien encabeza las preferencias alcanza el 45% de los votos afirmativos o si obtiene al menos el 40% de los votos y un margen de 10 puntos sobre quien le sigue en número de votos. Los resultados de las internas del 11 de agosto nos hablan de la muy factible victoria de Fernández en la primera vuelta programada para el 27 de octubre. Una victoria que podría darse por un margen aún mayor en virtud de los sucesos que siguieron a las elecciones internas.

Aun el comité de la campaña opositora, que tuvo al mediodía del 11 de agosto encuestas de boca de urna que le daban una ventaja de 13 puntos, no terminaba de creerlas y públicamente habló de una superioridad de 10. Quienes desde semanas antes de la elección estábamos convencidos de una amplia victoria opositora hablábamos de una ventaja de entre 8 y 9 puntos. Entonces, me parece que un primer dato relevante es esa brutal desconexión entre las élites dirigenciales argentinas y los humores sociales. Una crisis de dirigencia que excede largamente a la política partidaria.

Si vamos a las razones del triunfo opositor, creo que son bastante sencillas: el gobierno que había prometido una pronta reactivación y una lluvia de inversiones, acabó sin reactivación, sin inversiones, empobreciendo a la amplia mayoría de la población, con destrucción del aparato productivo, un endeudamiento sideral e impagable y apunta a concluir su mandato con más del doble de la inflación que recibió, desocupación superior al 12%, una pobreza que escalará al 40% (entre 10 y 15 puntos por encima de la que recibió) y salarios reales un 20% más bajos en el sector privado y cerca del 30% más bajos en el sector público que hace cuatro años.

Por otra parte, su promesa de una mejora de la calidad institucional tampoco se verificó. El actual oficialismo estigmatizó al espacio opositor tanto o más de lo que el kirchnerismo hizo en su momento. Se siguió verificando una fuerte intervención del poder político en el funcionamiento de la justicia y se extendieron las prisiones preventivas de imputados en las causas de corrupción entre los que no había riesgo de fuga para esperar el debido proceso.

Hoy vemos a un oficialismo representado en un Mauricio Macri de apariencia vencida, todavía en negación de los resultados y superado por la situación ¿Qué ocurrió con la imagen de derecha moderna mostrada por Cambiemos en la anterior campaña presidencial?

La verdad es que queda poco y nada de aquella imagen de una derecha democrática, liberal en lo político y modernizadora. Sus promesas han ido cayendo una a una. En este sentido se trata de una oportunidad perdida para el sistema político argentino. La renovación fue dejando progresivamente paso a la ortodoxia monetarista más cerril cuando la inversión extranjera directa que esperaban no llegó y montaron un esquema de valorización financiera que desembocó en la fuga de capitales golondrinos especulativos, la emergencia de nuestra recurrente restricción externa y la crisis actual.

De las consecuencias económicas y sociales ya hemos hablado. Me interesaría en cambio subrayar como esa promesa de conjugar republicanismo y cierto liberalismo político se fue degradando en un discurso que alimentó demagógicamente los rasgos xenófobos, aporofóbicos y punitivistas de su núcleo de seguidores más duro.

Al macrismo le ocurrió lo mismo que a Cristina en su fase final: su discurso solo alimentaba a sus partidarios más radicalizados. Incluso la discusión del aborto, posibilitada por el Presidente quien no obstante emitió su opinión en contra de la legalización, fracasó en el Congreso y el voto oficialista para rechazar el proyecto fue sustancialmente mayor al de otras fuerzas políticas.

Una de las pocas herencias positivas que deja el oficialismo es la recuperación del sistema estadístico, burdamente intervenido por la gestión anterior.

La impresión que dejó las PASO 2019 es que muy difícilmente ocurra algo parecido a una transición negociada desde el oficialismo. En ese caso ¿Qué podríamos esperar que ocurriera en el país de aquí a las elecciones de octubre, y posteriormente, hasta la entrega de la banda presidencial en el mes de diciembre?

Estamos en una situación sumamente volátil. Todavía no podemos asegurar que las reservas existentes en el Banco Central permitan afrontar los compromisos y los retiros de los depósitos en dólares de los bancos faltando dos meses para la toma del poder. Si bien hay protestas sociales muy masivas, hasta ahora la propia dirigencia social ha logrado contenerla. No hay actores internos de importancia que busquen una salida anticipada. Tanto el default selectivo como el creciente control de cambios han desacelerado la espiral en la que estábamos hace apenas unas semanas, pero la situación sigue siendo muy crítica.

Hoy hay cierta esperanza de que la transición ocurra con cierto orden, pero no hay espacio alguno para nuevos errores no forzados que nos llevarían a una carrera contra los bancos -pese a que el sistema es muchísimo más sólido que en la crisis de 2001-, seguida de la espiralización de la inflación tanto por el colapso de las reservas como por el aumento del dólar en el mercado informal. De darse este indeseado escenario, la generación de violencia social puede derivar en una salida anticipada del gobierno.

La “mano invisible” del mercado parece más visible que nunca, llegando a mostrar su rostro más político los días posteriores a las elecciones primarias. ¿Cómo interpretar la subida desmesurada del dólar y la caída de los principales índices en bolsa del país en este escenario?

Se combinan aquí dos elementos: de una parte, la desconfianza que las gestiones kirchneristas generaron en parte del empresariado y en los mercados internacionales. Desconfianza inmerecida en parte porque finalmente el kirchnerismo en sus doce años pagó una deuda que no había contraído. Aunque es cierto que “defaulteó” a los fondos buitres y mantuvo una gran inestabilidad y conflictividad con algunos sectores del capital.

A eso se suma que el Presidente Macri, que se jactaba de abrir la Argentina al mundo, no perdió la oportunidad de comparar a sus opositores con la dictadura venezolana en un acto tan desmesurado como irresponsable que potenció la desconfianza a límites tan extremos como irreales.

Tras los resultados de las PASO 2019 la bolsa de Buenos Aires mostró una caída del 37%| Foto: AFP

Es innegable que se han tejido importantes expectativas alrededor de la formula Fernández-Fernández, tanto en sus afectos como en sus detractores. En el supuesto de resultar ganadora en las presidenciales de octubre ¿Podemos hablar de un futuro gobierno “kirchnerista” o estaremos en presencia de una nueva corriente política representada en la figura de Alberto Fernández? ¿Cuáles serían las principales características del nuevo gobierno?

El armado opositor comprende al kirchnerismo pero lo excede. Incorpora a buena parte del peronismo no kirchnerista (el mismo que le infligió la derrota en las elecciones legislativas de 2013) y a una parte de la izquierda moderada que fue crítica de la gestión de Cristina. Lo esperable en cuanto a la coalición es un gobierno de centro, con cierta sensibilidad social y cultural que lo inclinen hacia la izquierda. Un gobierno más interesado en la región pero con buenas relaciones con las principales potencias.

Va a ser una gestión que a diferencia de la actual marque un mayor interés por el desarrollo industrial y aunque los problemas estructurales de la Argentina son gravísimos y demandarán de acuerdos multipartidarios y sociales por varias gestiones, es esperable cierta recuperación del empleo sobre la base de la capacidad instalada ociosa en los primeros seis meses.

Alberto Fernández se ha desmarcado claramente del kirchnerismo más duro, pero para que esto funcione, la cooperación entre él y Cristina debe mantenerse inalterada. Cualquier desinteligencia allí puede tener consecuencias impredecibles. Aunque en Argentina tenemos la costumbre de decir que el poder político es del Presidente, y ciertamente este tiene recursos legales e institucionales inequiparables, cualquier intento de “jugar por la propia” entre el Presidente y su Vice puede ser letal para la coalición.

Estas expectativas sin duda también abarcan el ámbito geopolítico ante lo que parecía ser un reflujo de las izquierdas en la región. ¿Cómo se podría reconfigurar el tablero político a nivel regional en el caso de una victoria de Alberto Fernández?

Veremos en primer lugar como incide este resultado en la difícil competencia uruguaya y en Bolivia. Creo sí que habrá un esfuerzo del posible nuevo gobierno por recomponer un ámbito político regional no tutelado. De todas formas, con la situación que está viviendo Brasil va a ser difícil obtener resultados inmediatos en esta materia.

Por último, la situación de Venezuela se hizo presente en varias oportunidades durante la campaña previa de las PASO 2019. En su criterio ¿Cuáles serían las similitudes o distancias que guardan el caso argentino y el caso venezolano?

Creo que la deriva venezolana es absolutamente incomparable con la situación vivida en Argentina en las últimas décadas. Aquí siempre hubo elecciones limpias, no hubo proscripciones y se mantuvo, aunque con imperfecciones menores, el Estado de Derecho. Nada de esto ocurre en Venezuela.  Es cierto que nuestro sistema judicial atraviesa diversos problemas: una fuerte politización y serias deficiencias al menos desde los años 90. Valga como ejemplo que cuando en su último mandato, el más marcado por cierta tentación autoritaria, Cristina quiso avanzar sobre el Poder Judicial con un proyecto para hacer electivo el órgano que define y juzga a los magistrados, fue una acordada de una respetable Corte Suprema la que puso fin al intento declarándolo inconstitucional y el gobierno la acató sin más. Esto es impensable en Venezuela. Argentina mantiene una impronta liberal muy fuerte desde la fundación democrática de 1983 a través de la entronización cuasi metapolítica de la figura de los Derechos Humanos. Esa fundación permanece animando la vida pública argentina y dotándola de un potente antídoto antiautoritario.

Para terminar: entiendo perfectamente que la cercanía que existió entre Argentina y Venezuela en la década pasada genere dudas. Sectores minoritarios del kirchnerismo han demostrado su apoyo al régimen, pero están lejos de ser mayoritarios en lo que se perfila como futuro oficialismo. Alberto Fernández ha calificado como régimen autoritario a la Venezuela de hoy. Felipe Solá, su casi seguro canciller, ha sido aún más tajante. La propia Cristina ha dicho que no hay Estado de Derecho en Venezuela. La deriva autoritaria de Venezuela fue también una responsabilidad de la región y sus liderazgos. Brasil y Argentina debieron marcar amigablemente ciertos límites y no lo hicieron. Hoy, cuando se proyecta recomponer una instancia de diálogo y coordinación regional, instancia llamada a cumplir algún rol en la solución del problema venezolano, creo que no sería conveniente ir más allá en declaraciones que, aunque deseables, inhabilitarían a un interlocutor futuro.


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