NEW YORK: INFECCIÓN EN LA GRAN MANZANA

NEW YORK: INFECCIÓN EN LA GRAN MANZANA

El mundo se está preguntando cómo la “primera potencia” mundial está siendo golpeada tan fuertemente por la nueva pandemia aun cuando experiencias como la China o la europea servían de referencia para tomar medidas preventidas con antelación.

Antes, era impensable que en un día cualquiera las calles de New York estuviesen vacías y sin el característico ruido de autos, trenes, personas y música constante. Para poner un poco en contexto: el pasado 22 de enero, el presidente Donald Trump aseguró que el primer caso confirmado de COVID-19 en el país (anunciado el día anterior) se encontraba “bajo control”. A comienzos de abril la cifra suma más de 300.000 infectados y 8.000 fallecidos que continúan en aumento a un ritmo alarmante. Las proyecciones del Dr. Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (N.I.A.I.D. por sus siglas en inglés), estiman que en uno de los peores escenarios podría haber entre 100.000 y 200.000 muertes en Estados Unidos a causa del virus.

Dentro de todo el revuelo que ocurría en el país con el juicio al presidente Trump y los ojos puestos en las elecciones presidenciales a final de año, la ciudad de New York pasó de ser “la capital del mundo” a la nueva capital de la pandemia. El nuevo foco de la crisis del planeta ahora es la Gran Manzana, ciudad que confirmó su primer caso el 1 de marzo: una mujer de 30 años que residía en Manhattan y había viajado recientemente a Irán (país que a finales de febrero se había convertido  en el segundo foco del virus tras China).

“El mejor sistema de salud del mundo”

A pesar de confirmar por primera vez lo que se esperaba tarde o temprano, el Gobernador del Estado de New York, Andrew Cuomo, no quiso sonar alarmante y aseguró en una rueda de prensa el 2 de marzo que su estado tenía “el mejor sistema de salud del mundo” y que, además, no pensaban que iba a ser tan malo como en otros países.

Esa primera semana de marzo la ciudad continuó su rutina habitual, aunque se comenzó a ver a un pequeño número de personas dentro del transporte público portando sus mascarillas. De esta manera, el distanciamiento social voluntario comenzó a plantarse dentro de la mente de los ciudadanos, al no conocer con certeza si la gente que utilizaba dicha protección se estaba resguardando, o si, en realidad, ya evidenciaban síntomas y no querían ser vistos con malos ojos.

Posteriormente, el 9 de marzo el Alcalde Bill De Blasio fue interrogado sobre la posibilidad de establecer una cuarentena en la ciudad, tal y como había anunciado Italia ese mismo día, para combatir al virus, siendo este el país europeo donde el virus estaba atacando con más fuerza. Al respecto, De Blasio dijo lo siguiente:

“Lo que podría decir es que no deberíamos querer hacerlo, con todo el respeto para Italia, tratamos de no llegar a ese nivel. Tratamos de ser más precisos en nuestra respuesta. Nuestro metro es inusual porque estamos hablando de una gran cantidad de personas conglomeradas muy cerca”

Dos días después, el Gobernador Cuomo comenzó a mostrar sus primeros síntomas de preocupación al afirmar que “nuestra capacidad para hacer pruebas está muy lejos de lo que debe ser”. Mientras que los laboratorios del país tenían semanas batallando contra el propio Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés) para obtener los requerimientos y aprobaciones necesarios para realizar pruebas a mayor escala, lo cuál retrasó la aplicación de las pruebas hacia los principales focos del país, dándole al virus más tiempo para esparcirse sin monitoreo alguno.

Para el 12 de marzo iniciaron las medidas del distanciamiento social obligatorio, justo cuando el Gobernador declaró prohibidas las reuniones de 500 personas o más. Ese mismo jueves las obras y shows de Broadway cancelaron por 31 días todos sus espectáculos, lo cuál comenzó a quitarle vida a la noche neoyorkina, en el corazón de Manhattan. Para ese momento, el virus ya estaba en boca de todos, era de lo único que se escuchaba hablar en las calles, incluso en los altavoces de los vagones y estaciones del metro se escuchaban los típicos mensajes de prevención (tanto en inglés como en español): lavarse las manos, no tocarse la cara y tratar de mantener una distancia de 2 metros con los demás.

En este sentido, la mayoría de los locales ubicados cerca de los teatros empezó a registrar menor afluencia de personas y con ello, caída de las ventas. En este punto, los dueños de los negocios comenzaron a alarmarse. “Esta no va a ser una situación rápida, esto va a ser así por semanas, meses” afirmó Cuomo el 13 de marzo en otra de sus conferencias de prensa diarias que surgieron a raíz del crecimiento del virus en el Estado.

Ese fin de semana fue crucial para la ciudad, muchos negocios (tanto grandes como pequeños) comenzaron a presentir lo que venía: cierres de locales a lo largo de la ciudad; hoteles completamente vacíos; supermercados llenos intentando reabastecer la alta demanda de productos de limpieza y papel sanitario por parte de los consumidores.

La madrugada del 15 de marzo el hashtag #ShutdownNYC se convirtió en tendencia en Twitter como una petición de los habitantes a las autoridades para cerrar la ciudad y así evitar la expansión del virus. La mayor parte de los comentarios venían de personas que trabajan en la industria hospitalaria, por miedo a tener que lidiar con la alta probabilidad de exponerse al virus.

De igual forma, varios restaurantes ubicados a los alrededores de Times Square cerraron sus puertas hasta próximo aviso y muchos trabajadores fueron suspendidos de sus fuentes de ingreso, como resultado de lo que a las pocas horas iba a terminar confirmándose: la restricción de los restaurantes a tan solo órdenes para llevar y entregas a domicilio, además del cierre de las escuelas en la localidad.

El sistema de salud público

El hospital Elmhurst, ubicado en Queens, ha sido muestra del poder del virus y la poca capacidad que tiene el sistema de salud pública del país. Varios reportes de los mismos trabajadores del hospital han evidenciado lo complicado que es trabajar bajo estas condiciones, en donde los respiradores no alcanzan, la sala de emergencias está abarrotada y hay numerosos pacientes que ingresan de forma constante. Incluso el presidente Trump ha alabado la labor de los trabajadores del hospital en una zona cercana a donde él creció.

Aún así, no solo el hospital de Elmhurst está sufriendo de los ataques del virus, sino también toda el área de Queens, donde los paramédicos trabajan largos turnos para llevar a los pacientes a los hospitales “a morir” por el colapso que está viviendo el sistema de salud de la ciudad. Personas con síntomas han tenido que devolverse a sus hogares por no recibir atención debido al colapso. Largas colas de personas queriendo hacerse un examen para saber si tienen o no el virus (aún sin tener los síntomas) esperan por horas a diario.

Imágenes de camiones refrigerantes para transportar a los fallecidos en caso de que las morgues y los hospitales colapsen han explotado los últimos días en las redes sociales.

El gran lugar de convenciones: Jacob Javits Center; ha sido transformado en un hospital de emergencia, al igual que el levantamiento de tiendas de campaña (como si de una guerra se tratase) en el Central Park para atender a muchos más infectados. Muchos doctores han descrito la situación como un “infierno… mucho peor que el 11 de septiembre”.

El USNS Comfort ha llegado a los puertos de Manhattan para aliviar a los hospitales colapsados y atender a aquellos pacientes que sufran de condiciones diferentes al COVID-19. La última vez que el buque había estado en NYC fue luego del 9/11.

La renta y el desempleo

El primer día de abril llegaba con mucho miedo para los neoyorquinos, para quienes el mayor estrés durante las últimas dos semanas no había sido tanto su propia salud, sino el cómo van a pagar la renta del lugar donde viven si se encuentran desempleados. Hay que recordar que muchas personas trabajan en restaurantes, bares, sitios de ocio y esparcimiento; sitios que precisamente fueron restringidos por la presencia del virus.

Si bien no ha existido ningún anuncio oficial por parte de las autoridades -más allá de un moratorio contra el desalojo por 90 días para los propietarios- las personas que viven bajo renta continúan con el estrés de que venga su “casero” y les pida el dinero de este mes, o, en el peor de los casos, los deje en la calle. Aunque en estos momentos no existe manera de que eso suceda, ya que primero debería existir una orden de desalojo y los abogados se encuentran en sus casas cumpliendo el aislamiento como el resto de los trabajadores no esenciales; y las cortes se mantienen cerradas como cualquier barbería o restaurante de la ciudad.

Mientras tanto, el líder adjunto de la Mayoría del Senado del Estado New York, Michael Gianaris ha presentado para su aprobación una legislación que podría congelar las rentas por 90 días debido al COVID-19. De ser aprobada, los inquilinos residenciados y pequeños negocios podrían sentir un tipo de alivio con respecto al pago de su techo.

Si nos colocamos por un momento en los zapatos de Cuomo o Di Blasio, es entendible el miedo y la preocupación. No debe ser nada fácil tener a una de las ciudades más importante del mundo en un caos constante. Podría ser esa una razón para no tomar las medidas necesarias para restringir el tránsito de las personas: “necesitas manejar el miedo y el virus” dijo Di Blasio.

No solo es intentar lidiar con eso, sino a su vez con la conducta de las personas: muchos neoyorkinos continuaron por días sin acatar las correctas normas del distanciamiento social y protección contra el virus. No será New York la ciudad más limpia del mundo, pero este es un momento que puede servir para generar mucha más conciencia en sus habitantes, quienes todavía botan sus guantes y mascarillas usadas a la calle.

El nuevo epicentro del virus ha crecido a pasos agigantados en una ciudad donde la alta densidad poblacional (28.491 habitantes cada 2,6 km²) se siente desde cualquier rincón.

Al  visitar cualquier tienda de alimentos o supermercado (abarrotado) se observan dos grupos de personas completamente distintos: por un lado, aquellos que se protegen con mascarillas y guantes; y, por el otro, a aquellos que transitan entre los pasillos como cualquier día normal.

Los restaurantes que aún entregan comida u ofrecen el servicio “to-go” han adoptado nuevas medidas “contacless” (como la franquicia de pizzas Dominos) para proteger a sus trabajadores y clientes, manteniendo una distancia en el momento de la entrega.

La congregación de personas en espacios públicos como los parques y sitios de juegos para niños han sido un problema al momento de evitar que la gente se agrupe fuera de sus casas y controlar que el virus continúe esparciéndose. Tanto el Gobernador como el Alcalde han acordado en clausurar estos espacios. El Alcalde también habló de imponer multas de hasta USD 500 a aquellas personas que no cumplan con el distanciamiento social: “Han sido advertidos y advertidos y advertidos y advertidos varias veces” dijo con pesar Di Blasio.

Una crisis en New York solo podía esperarse que sucediera como ocurre en las películas: algún monstruo, ataques alienígenas u otro desastre natural que arrase con todo a su paso. Sin embargo, este nuevo enemigo invisible ha logrado que la incertidumbre y el pánico se asienten en los habitantes de la ciudad; cosa que es palpable incluso a dos metros de distancia: la gente que se cruza en la calle busca evitarse, todos se ven de arriba abajo; existe un cierto nivel de desconfianza.

Ahora lo único que se escucha desde las calles y balcones son las ambulancias que atienden a los llamados del 911, quienes transitan a máxima velocidad con su distinguida melodía y retumban desde varias calles de distancia. Una y otra y otra y otra circulan constantemente día y noche.


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Carlos E. López Guevara

Comunicador Social mención Comunicaciones Publicitarias por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Se desempeña como social media manager, fotógrafo y camarógrafo en New York, USA.

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