OSCUROS NAUFRAGIOS

OSCUROS NAUFRAGIOS

Lectura por el autor

1

Desechos de oscuros naufragios
fragmentos sobre un imposible borde
en el que la desnuda carne
reconoce su primer encuentro con el sol,
violenta intemperie de esta orilla
en la que las pieles fueron arrancadas
por el esplendor del mediodía
y se secan sobre fósiles que espera
acumulándose como inhumano sedimento,
mientras la sal de todos los abismos
vuelve infinitamente sobre la arena
tras fugarse del maderamen
más preciado de todos los naufragios,
esa arboladura que no cesa de hundirse
buscando ciegamente el centro de la tierra,
la ebriedad de esos barcos
se ha convertido en una vieja canción de cuna
que nada dice a aquellos que han preservado
su vigilia durante las tormentas nocturnas.

2

No hay nada que descifrar en esos restos
que el sol y el viento deshacen
sobre los farallones del Faro del Fin del Mundo,
jirones de una oscura bitácora
escrita en un idioma perdido para siempre,
trazando rutas cuyo único secreto
es que conducen a un oscuro desastre,
destino de incontables ahogados que gravitan
en el seno de una vasta catedral sumergida
cuya música se alimentaba de tempestades,
ninguno de ellos vio constelaciones
antes de apostar en el hundimiento final,
equivocaron la elección del instrumento
no eran dados sino arpones en manos firmes
dispuestas a arriesgarlo todo
en un último golpe contra el Leviatán.


3

Entonces no existían en esa costa
condominios para nuevos ricos
o esa proliferación de hoteles de lujo,
marinas para yates o veleros
ni siquiera se había construido
el faro de Punta Ballenas,
pero existía el otro, el fantasmal,
el faro del Fin del mundo y su penumbra
asediada por tormentas invisibles
en el vórtice de la eternidad
allí conversaban Rimbaud y Julio Verne,
examinando mapas de rutas marinas
pero sin llegar a decidir
si el barco ebrio sería finalmente hundido
o tomado por el capitán del Nautilus,
encuentros de dos huéspedes nocturnos
en la cima de una torre de reflejos malditos
hasta cierta madrugada
en que decidiste tomar sus dos libros
y abandonarlos entre las grietas
de un farallón extremo
sabiendo que la resaca los destruiría
pero dejando, entre las piedras,
una frágil claridad
como esa que a veces entrevemos
cuando estamos dormidos y soñamos.


4

Entre estos arrecifes se preserva
el momento impensable
en que nació el viento,
fracturada memoria geológica
de un milagro de fuego respirable
entre sus grietas o intersticios,
fisuras labradas por inhumano orfebre
bloques quebrados
aparejando una embarcación
que intentaba vencer al mar
por medio de ilimitada guerra,
aire engendrado por lava y fuego
que deja su dura ofrenda
a todas las tempestades,
sobre estas piedras devastadas
que nunca dejarán de soñar
con el encuentro definitivo
con una proa a la deriva.


5

Una cabeza de medusa
como mascarón de proa
depositada por el oleaje de la tormenta
sobre estos desolados arrecifes,
ofrenda para ejércitos vueltos piedra
antes de entrar en combate con el monstruo,
la eternidad es una salvaje escultora
que escarba hasta dar con la transparencia
del abismo en el seno de estas piedras,
inhumana claridad de una belleza sin testigos,
incontables huesos de ahogados
se han mezclado con la arena
que el viento dispersa entre algas y caracolas
quemadas por la terca fidelidad del rayo
y es que en esta playa
la destrucción es tan extrema
que hasta la misma muerte tendrá que morir.

Juan Antonio Hernandez

Ph.D en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Pittsburgh con una especialización en filosofía política. Ha sido profesor en las universidades de Kentucky, Cornell y Simón Bolívar. Es diplomático con amplia experiencia en el Medio Oriente, particularmente en Qatar y Egipto. Además es escritor de ficción y poesía

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