¿POR QUÉ DOLARIZAR ES DECIRLE ADIÓS A LA INDUSTRIALIZACIÓN Y AL DESARROLLO?

¿POR QUÉ DOLARIZAR ES DECIRLE ADIÓS A LA INDUSTRIALIZACIÓN Y AL DESARROLLO?

Las propuestas de política económica aparentemente más osadas suelen descansar en presupuestos axiológicos básicos que se expresan en el discurso del establishment económico dominante como lo no-dicho ¿Cuáles son los presupuestos inconfesables −no tanto por autocensura ante el juicio del sentido común sino por evidente autoconvencimiento− de la propuesta de dolarización que se profesa vox pópuli hoy en Venezuela?

Es una interrogante con consecuencias de mediano y largo plazo que obstaculizan las condiciones de posibilidad de otro desarrollo que atienda las causas estructurales del estancamiento de la economía venezolana. En cierto modo, una vez colocadas las gríngolas monetaristas el diagnóstico que realiza la propuesta de dolarización [1] resulta autoevidente en tanto la causa de mayor peso en el cuadro de hiperinflación que presenta Venezuela son los prolongados déficits fiscales.

Siguiendo este razonamiento, se conjetura que de llevarse a cabo un ajuste fiscal que no se corresponda con una ralentización del crecimiento de los precios, conllevaría a la autoridad monetaria a instrumentar un ajuste estricto sobre las tasas de interés y la liquidez que repercutiría negativamente en el crecimiento económico.

El principio alocativo del programa de ajuste de la dolarización, contiene como presupuesto del diagnóstico y la propuesta de política económica, la credibilidad del gobierno que se convierte en el punto de partida y llegada de las políticas económicas a instrumentar. Mientras tanto la solución presuntamente incuestionable pasaría por externalizar la soberanía de la autoridad monetaria a la geopolítica de la incertidumbre en cuanto sustituye el problema del déficit fiscal por la trampa del endeudamiento externo.

Desde una perspectiva meramente analítica, el esquema interpretativo estrictamente tópico de la dolarización convierte a la hiperinflación en causa eficiente de la propuesta de política económica. Por tanto, se borra cualquier consideración sobre lo que Asdrúbal Baptista conceptualizó como el colapso del capitalismo rentístico. Inmediatamente, el retorno de la fraseología monetarista dibuja los perfiles de un diagnóstico a las patologías de la economía venezolana con su concomitante terapéutica concebida como solución universal preestablecida a los escenarios cambiantes: la dolarización reconfigura al problema estructural de la economía.

Al desplazar la mirada de la nomotética macroeconómica hacia la economía política surgen dos consideraciones, una de naturaleza teórica y otra que versa sobre la especificidad de la estructura económica de Venezuela, ambas insoslayables para revelar las implicaciones de la dolarización como respuesta a los desequilibrios macroeconómicos crónicos (históricos) que padece le economía en Venezuela.

En primer lugar, la propuesta de dolarización hipostasia, por vía de la teoría de las ventajas comparativas, el carácter dependiente en la división internacional del trabajo que estructuralmente poseen las naciones del Sur global, es decir, dolarizar implica descartar cualquier estrategia de industrialización que tenga por objetivo reducir la brecha de productividad de Venezuela con respecto al Norte global y por tanto ser menos dependiente de los ingresos por concepto de renta internacional de la energía.

El dólar en su función de moneda mundial tiene como tarea central volver conmensurable y equivalente a los distintos niveles de productividad del trabajo para así permitir el funcionamiento del intercambio desigual. Los ajustes del tipo de cambio a conveniencia de un programa de desarrollo es un mecanismo de política económica imprescindible para cualquier país que padezca desventajas en la productividad del trabajo dentro de la división internacional del trabajo y tenga pretensiones de salir de esa condición.

Dolarizar, al contrario, implica igualar ficticiamente algo que estructuralmente es diferente tanto cualitativa como cuantitativamente y por tanto someter a la (ya escasa) estructura industrial del país a un shock constante por aumento de la productividad del Norte global. In nuce, adoptar una moneda externa como bálsamo a la hiperinflación sería declarar como destino económico eterno del país vivir en los cambiantes flujos del ingreso petrolero, cuando ya desde la década de 1970 es evidente su incapacidad para ejercer de soporte de la vida económica del país.

De igual manera, realizar una identidad entre dolarización y crecimiento económico es en cualquier caso una quimera, siendo el crecimiento económico un problema de desarrollo y no únicamente de estabilidad monetaria. Una cuestión evidente es que con la dolarización es estrictamente inimaginable una salida schumpeteriana a la crisis que procure producir un salto evolutivo integrando virtuosamente, un tipo de combinación de factores de producción (capital/trabajo/energía) e innovación con una política macroeconómica acorde y responsable, capaz de modificar la inserción de Venezuela en la economía global.

El objetivo de la dolarización es el retorno a un punto de equilibrio que nadie sabe dónde se encuentra y que su promotor denomina “economía de mercado funcional”. Cómo si tal cosa hubiese existido alguna vez en Venezuela.

En segundo lugar, es imprescindible revisar la especificidad de la cuestión fiscal en Venezuela dada su condición rentista. Como los dolarizadores deben saber pero se niegan a reconocer, la relación entre Estado y sociedad, neural para la cuestión fiscal, en Venezuela es estrictamente sui generis. Principalmente por que el Estado venezolano obtiene un ingreso del mercado mundial por ejercicio de su propiedad sobre el petróleo capaz de librar a la sociedad de las cargas fiscales que conlleva el mantenimiento material del Estado moderno.

Si en el capitalismo clásicamente se da una relación de dependencia material del Estado con respecto a la sociedad, la economía rentista, al contrario, tiene como especificidad colocar a la sociedad en absoluta dependencia para con el Estado. De ahí que, para la reproducción de la riqueza la sociedad rentista recurre a las importaciones que no son más que capacidad de compra externa dada por el Estado vía sobrevaluación del tipo de cambio.

Por consiguiente, es la incapacidad de la renta captada por el Estado del mercado mundial y utilizada para financiar mediante un ingente flujo de importaciones una capacidad de consumo nacional que no se sujeta en la vitalidad de la productividad del mercado interno lo que está en el centro de un endeudamiento externo innecesario dados los saldos por cuenta corriente del país en los booms de precios del petróleo. Y es el endeudamiento externo utilizado para lubricar un metabolismo económico caduco y exánime, o lo que es lo mismo financiar a la sociedad con el cobro de rentas futuras, lo que se encuentra en el centro de los desequilibrios fiscales del país.

La decisión del gobierno de Nicolás Maduro de seguir cancelando los compromisos del servicio de deuda, en un momento en que la disminución de los precios del petróleo hacía insostenible dicha carga, impidió que los recursos externos siguieran tanto financiando el déficit fiscal como ocultando los problemas de producción vía aumento de las importaciones. Esa decisión al mismo tiempo conllevó a una reducción drástica de las importaciones que repercutieron en un colapso sin precedentes del PIB.

El hecho de que el programa de ajuste llevado a cabo por el gobierno haya sido privilegiar el cierre del déficit en la balanza de pagos y el pago del servicio de deuda, abriendo paso a la reducción del PIB, la monetización del déficit fiscal y la espiral inflacionaria, no quiere decir que el diagnostico según el cual déficit fiscal es la causa del problema hiperinflacionario sea correcto.

La mala política macroeconómica es tan responsable del problema como las causas estructurales heredadas. En resumen, el país sufrió un shock de los términos de intercambio ante el cual el patrón de acumulación se encontraba hace largo tiempo demasiado exhausto como para responder y la respuesta de política macroeconómica fue echar gasolina a la hoguera.

Sin embargo, la propuesta de dolarización es profundamente contradictoria en tanto que busca profundizar el tipo de inserción del país en el mercado mundial, a saber, la dependencia del petróleo, al mismo tiempo que elimina abruptamente la principal herramienta de política económica para luchar contra un deterioro brusco de los “términos de intercambio”: ajustar el tipo de cambio. Ante ello los dolarizadores proponen una solución de Perogrullo y otra externalización de las responsabilidades: por un lado, ahorrar en la época de vacas gordas para tener de donde echar mano en tiempos de vacas flacas, y por el otro, tener un comportamiento digno de la caridad de las altas finanzas globales, es decir, un fondo de estabilización macroeconómico y/o endeudamiento externo sostenido en un comportamiento macroeconómico ejemplar en favor del capital.

Colocando la mira en la distinción entre equilibrio y desarrollo trazada por Schumpeter, las preguntas centrales de la economía venezolana desde la década de los setenta hasta el día de hoy siguen siendo: ¿es posible una política industrial que modifique la inserción cualitativa de Venezuela en la economía global? ¿Cuál es la política petrolera y macroeconómica capaz de coadyuvar en lugar de impedir ese proceso? Sin embargo, la “Gran Transformación” del segundo Rodríguez insiste en enarbolar como proyecto/solución un cumulo de flatus vocis:

La dolarización debe ser parte de un conjunto integral de reformas que permita convertir a Venezuela en una economía capaz de generar crecimiento sostenido.  Este conjunto de reformas económicas debe partir de la reformulación de la relación del Estado con la sociedad, permitiendo generar el marco institucional e incentivos para que el sector privado se convierta en el principal motor del crecimiento. El financiamiento externo y la reprogramación de los compromisos de deuda son partes cruciales de esa estrategia, así como lo es el rediseño del marco institucional para la inversión privada en la economía petrolera y no petrolera[2].

Crecimiento sostenido, reformas económicas, marco institucional, incentivos, financiamiento externo, inversión privada, etc., son las recurrentes expresiones de la metafísica del capitalismo global que evidencian la carencia de una estrategia de desarrollo tanto asertiva como audaz.

Detrás de una ampulosa retorica macroeconómica, no por ello menos erudita y atrayente, se esconde un plan de estabilización que no se encuentra a la altura de los graves problemas estructurales que afronta la economía venezolana. La cual, tras un siglo petrolero, cuyo auge se caracterizó por un ciclo de expansión material (1917-1972), a partir de 1973/1983 ha entrado en franca e inexorable decadencia.

La búsqueda de simples equilibrios dentro de la economía circular es insuficiente cuando de lo que se trata es de modificar la combinación entre trabajo, capital y energía/tierra para propiciar un salto cualitativo en la división internacional del trabajo.

Las propuestas macroeconómicas que se desprenden de la derecha del espectro político parecen sujetarse en un “desarrollo por invitación” que naturalmente les otorgaría comportarse correctamente con los deseos del capital. Al contrario de un desarrollo por invitación, Venezuela necesita una estrategia realista de desarrollo por imitación e innovación que se sujete en una política industrial ambiciosa pero realista.

El criterio de verdad de la política macroeconómica es servir a la recuperación de la producción y para ello no basta con dedicarse a la búsqueda de un equilibrio en el capitalismo criollo que estrictamente nunca ha existido. Soberanía significa capacidad de decidir y dolarizar significa perder la capacidad de decidir en lo sustantivo de la vida económica del país. Dolarizar significa entregarse al Dios del endeudamiento externo, y en América Latina sabemos que ese Dios es vengativo y no siempre provee.

 


Referencias

[1] F. Rodríguez, “Por qué Venezuela debería contemplar la dolarización”, Americas Quarterly, 15-02-2018: http://www.americasquarterly.org/content/por-que-venezuela-deberia-contemplar-la-dolarizacion

[2] F. Rodríguez, “La dolarización en 17 claves”, Prodavinci, 02-04-2018: https://prodavinci.com/la-dolarizacion-en-17-claves/

Malfred Gerig

Sociólogo por la Universidad Central de Venezuela (UCV), Especialista en Estado, Gobierno y Democracia (CLACSO) y candidato a Magíster en Ciencia Política por la Universidad Simón Bolívar (USB). Director Ejecutivo de Laboratorio Estratégico e investigador con interés en economía política global y economía política del petróleo.

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